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sermisioneraode“Este muchacho está en crisis de fe. Mandémoslo a hacer una experiencia de misión en un lugar bien difícil, que lo impacte, que lo sacuda, que lo ponga a pensar”.

Esa fue la decisión de los encargados de la pastoral juvenil en torno a Carlitos. Ha sido destinado a hacer una “experiencia” que no se sabe muy bien si es un simple turismo religioso o una propuesta de encuentro con Jesús.Puede ser que en Carlitos se despierte un cierto entusiasmo religioso muy pasajero que poco resiste el paso de los días.

 

Una simple experiencia no necesariamente se vuelve sabiduría ni toma de conciencia misionera. Cuando se habla de misión se hace referencia a algo muy intenso, muy personal y que agarra la propia identidad. Cuando alguien dice que siente que su misión es tal cosa, quiere decir que se está comprometiendo totalmente en ese servicio, que se lanza al mismo con la totalidad de su ser, descubre que eso es ahora parte de su propia identidad. Se vive una pasión que brota del hecho de que en esa misión está escondido el mismísimo yo, el más verdadero, ese al que se está llamado a ser. Si hay la pasión, entonces la misión se vive con inteligencia, con creatividad, con fantasía, con plena dedicación y generosidad, sin demasiados cálculos, cualquiera sea la edad de la vida. La misión es mi vida, la misión es pasión.

Pero esto no es todo y hay que tener cuidado para no confundirse. La misión nace de un hecho relacional, no en función de mi propia realización. No es un autopromocionarme. En el origen de la misión hay otro que me escoge y envía. Ese otro hay que escribirlo con mayúscula, es el Otro. Este Otro me envía y al enviarme debo estar unido a Él y a Él debo darle cuentas. Este Otro, para mí que soy creyente, es Dios. Nunca me siento tan enviado como cuando es el Creador el que me llama y me envía. Entonces, en mí se aumenta inmensamente la pasión por la misión, una pasión que se vuelve urgencia, que se torna algo que no puedo dejar de ninguna manera, es, como diría algún buen filósofo, un imperativo categórico existencial. Se entiende, por tanto, el grito de un gran misionero que exclamaba: “O África o muerte”.  

Pero todavía hay algo más. Si Dios me llama y me envía es porque tiene una pasión enorme por el mundo y su salvación. La misión es vivida como salvación. El ser llamado para ser enviado es una forma de salvación, una manera de vivir la salvación, un descubrimiento asombroso de un amor que viene de lo alto y que me inunda de la misma pasión que Dios tiene por el hombre, la misma preocupación por el ser humano. Este amor viene de lo alto, no es fruto ni de mis virtudes ni de mis hazañas; es algo inmensamente grande que Dios siembra en mi corazón cuando me llama y envía al mundo.

Antes de que yo tenga una “experiencia misionera” más o menos ambigua, como esa que se quiere para Carlitos, tengo que vivir la experiencia de Dios por la salvación del hombre. Esta es la ley del crecimiento: atención a la persona y a su experiencia de Dios, de un Dios que  transfiere su misma pasión salvífica por el hombre.
Es una experiencia redentora que me salva del propio pecado, del propio egoísmo, del encerramiento en mis propios problemas, de una atención exagerada a mi misma perfección, a mi propia salvación, a mi propia santidad.

Vivo la vocación misionera y vivo la salvación como liberación de la invasión presumida, orgullosa, vanidosa, engreída y narcisista de mi propio yo que me agarra todo; que me encierra en la preocupación narcisista por mi propio perfeccionamiento y salvación y que me impide ser adulto en la fe la cual sí me lleva a asumir la responsabilidad de la salvación del otro y ser así misionero de pura verdad.

¿No sería el caso de interesarse de Carlitos no para simplemente mandarlo lejos sino para acompañarlo de cerca en el ir madurando esa experiencia de Dios que lo llama y envía y le infunde la pasión por el otro, llamado a la salvación en Cristo? No será mejor que a la par que se le ofrece una buena aventura, se le ayude a descubrir la mayor de todas las aventuras, la pasión misionera que agarra su yo más profundo?  

La misión antes que hacer cosas exóticas o menos, es ser con la pasión de Cristo que llama y envía y despierta en cada uno el anhelo de darlo a conocer como salvador, como Señor, como Signo enorme del inmenso amor de Dios por cada ser humano creado por Él.

Te he presentado tres puntos muy sencillos pero formidables, impresionantes, desafiantes: La misión es pasión, la misión es llamado y envío que Dios me hace, la misión es dejarme inundar del amor divino por el otro y su salvación.

Mons. Luis Augusto Castro Q.
Arzobispo de Tunja

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