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paraboladelasal“Ustedes son la sal de la tierra: si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se le devolverá su sabor? Sólo sirve para tirarla y que la pise la gente” (Mt 5, 13).

La sal era una de las sustancias más apreciadas en la antigüedad. En el clima de Palestina, en tiempos de Jesús, la sal era absolutamente necesaria para la conservación de los alimentos. Un saco de sal era considerado tan valioso como la vida de un hombre.

La sal, llegó a ser considera del mundo de lo divino, porque cumplía con las mismas tareas de la divinidad: preservar las cosas de la corrupción y por lo tanto de la muerte. Por eso, cuando algún alimento se daña, decimos: “huele a demonios”. Si lo preservado de la corrupción y de la muerte viene de Dios, lo corrupto y mal oliente viene del demonio.

 

 

En este sentido es que Jesucristo nos dice a cada uno de nosotros: “ustedes son la sal”. Es decir, que nuestra vida tiene que ser continuidad de la tarea divina: dar sabor y preservar el amor de Dios en medio de la humanidad.

Siendo así, nuestra tarea de ser sal se traduce en varios retos.

El primer reto es el de hacer  que nuestro cristianismo no caiga en el mundo de la rutina y de la satisfacción. La rutina, así como acaba a los matrimonios acaba también a los católicos. La rutina en la vida cristiana se convierte como en un esterilizante que no permite que nuestra fe de fruto. Nuestro cristianismo no puede dejarse contaminar con la mentalidad moderna de buscar el propio bienestar y la satisfacción personal. Un verdadero cristianismo está siempre despierto y atento a dar respuestas a los retos del mundo de hoy; no puede quedarse patentado simplemente en tradiciones que en un momento de la historia fueron respuestas adecuadas, pero que hoy tienen que ser reformuladas, para no caer en la rutina y el envejecimiento de un cristianismo que no responde al mundo de hoy..

El segundo reto es no permitir la corrupción. Nuestro país cada día tiene que conocer noticias de corrupción, y esto parece una cadena de no terminar. ¿Por qué tanta corrupción? ¿por qué hay tanta muerte?, porque ha faltado la presencia y la acción de gente que sea sal y evite que se haga el mal y se corrompa el corazón humano. Mientras corrupción, más ausencia de Dios. Mientras testigos vivos del Evangelio de Jesucristo, más justicia social, más fraternidad, más solidaridad, más calidad y amor por la vida.

El tercer reto es impregnar a la sociedad donde vivimos de la sal divina del amor. El católico ha de ser la presencia que purifica, que conserva, que da sabor. Para poder cumplir con este reto se necesita mucha fuerza interior. Nuestro corazón tiene que ser como una fuente inagotable de vida y de amor. Nuestro país sufre de anemia de interioridad. Es decir, la vida interior nos es lo suficientemente fuerte para oponerse a las tentaciones de la corrupción, del dinero fácil, del “todo vale”.

Nuestra vida tiene que estar impregnada de sabor. No hay cosa más fea que comer huevo sin sal. No hay cosa más deprimente que ver a una persona sin ganas de vivir y de luchar.

Nuestra vida tiene que estar impregnada de alegría y fraternidad, y por lo tanto tenemos que luchar contra la tristeza y la soledad.

Nuestro mundo está necesitando no tanto gente que hable bien y tenga un discurso bien estructurado; nuestro mundo necesita personas que con su comportamiento sean capaces de mostrar el amor por los demás.

Nuestras familias están necesitando fuertes dosis de amor y de entrega, más que fuertes inyecciones de dinero para pagar deudas de amor.

Nuestro cristianismo está necesitando testigos visibles de Jesucristo, más que instructores de la doctrina cristiana.

Ser sal para el mundo es una tarea a la que no podemos renunciar.

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