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elletradoque“Un letrado que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos se parece al dueño de una casa que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas” (Mt 13,52).


Antes de adentrarnos en el mensaje de la parábola es necesario explicar ¿quién es un letrado? Un letrado era el guía espiritual del pueblo; por lo tanto eran considerados cultos y sabios. Se encargaban sobre todo del conocimiento, la enseñanza y el cumplimiento de la Ley, por eso se les llamaba “maestros de la ley”. Su religión y su vida diaria se fundamentaban en una estricta fidelidad a la Ley. Para ellos lo importante era cumplir la ley, lo demás sobra, porque la ley salva.

Por eso, encontrar un letrado que acepte que lo más importante no es la ley sino el bienestar del prójimo y la justicia social, eso es mucho milagro. Es entender que no basta el cumplimiento de la ley, aunque haga parte de la tradición religiosa y cultural de los judíos, sino que se hace necesaria la fraternidad y la caridad, que están por encima de la ley.

 

Dice Jesús que ese letrado se parece al dueño de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas. Eso es lo que se hace a la hora del trasteo. Escoger lo que sirve, lo útil, lo más importante y llevárselo; lo demás se puede dejar.

¿Qué es lo que tenemos que llevar siempre con nosotros, porque es lo más valioso? Sin duda es Jesucristo y su gran sueño, que todos los hombres y mujeres del mundo formen la gran familia de Dios, fundamentada en el amor, la fraternidad y la justicia.

Por eso que el letrado es símbolo y modelo de una verdadera y profunda conversión, porque no se cierra sólo a lo que sabe y cree, sino que reconoce la verdad de Jesús y la acepta como parte de su vida. Y Jesús, es el verdadero modelo de conversión para nosotros como Iglesia, que nos invita a estar abiertos y dialogantes con los que creen de manera distinta a nosotros.
 
Aprendamos del letrado que se puso en la tarea de revisar sus creencias religiosas; es decir miró hacia dentro de su religión y encontró vacíos que no respondían al espíritu de Jesús. ¡Cómo es útil revisar nuestras manifestaciones religiosas! Tranquilamente hemos desfigurado el mensaje de Cristo y hacemos cosas desagradables, con el único argumento de que “así se ha hecho siempre aquí”, y así lo haremos siempre.

Si ese es el único argumento, tendríamos que preguntarnos, ¿nuestras manifestaciones religiosas tienen como objetivo el amor a Dios y la justicia social especialmente en la promoción del pobre?  Si así son las cosas, tenemos que mantener todo igual; si no son así las cosas, tenemos que ponerle a nuestras tradiciones el bello adorno del amor a Dios y al prójimo.

Aprendamos también de Jesús quien nos presenta la otra cara de la moneda, es decir la conversión de nuestra Iglesia hacia fuera. Jesús no sólo hace el llamado sólo al cristianismo, sino que llama también al budismo, al judaísmo, al islamismo y todas las demás manifestaciones religiosas, a que tengamos un punto de encuentro, un lugar donde podamos compartir como hermanos, ese lugar es nuestro hermano, especialmente aquél que sufre, y con quien hemos de manifestar solidaridad, respeto y caridad.
 
Ese ha de ser el punto de encuentro de todas las culturas y religiones del mundo: el amor a Dios y la causa de los pobres. Antes que pretender uniformarnos en la manera de creer o de expresar nuestras convicciones religiosas, es más urgente y valioso encontrarnos en dos puntos  claves, en el amor al Supremo Hacedor, y en el amor a los hermanos.

Esto nos va a implicar el fomento de una cultura del encuentro, porque si hay encuentro ganamos todos, si no hay encuentro perdemos todos. Nos va a obligar a fomentar una actitud de cercanía y de valoración de lo que es propio y de lo propio de los demás; porque cuando nos acercamos y valoramos, ganamos todos; cuando nos alejamos y condenamos mutuamente, perdemos todos. Por supuesto, va a exigir que seamos una iglesia que dialoga con el mundo y con la cultura; porque si establecemos un diálogo fluido y respetuoso, ganamos todos; si cerramos cualquier ventana al diálogo, nos empobrecemos todos.

Esto nos obliga a ensanchar los horizontes de un diálogo interreligioso en el que se busque no tanto la uniformidad en las creencias y en las prácticas religiosas y en cambio, se busque más lo que algunos llaman el “ecumenismo de misión”, es decir el encontrarnos en la misión de hacer un mundo más fraterno y más humano, como es el sueño de Dios.

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